Palabras

José María Arcas Valero: Día cualquiera de una encina en el Campo de Montiel

By febrero 12, 2019 febrero 15th, 2019 No Comments

Una encina en medio del campo es como un imán, un lugar de descanso para la mirada, una sombra en la que refrescar la fatiga del cuerpo. Una encina nunca es igual a sí misma ni se la ve siempre con unos mismos ojos. A veces, las encinas hablan y a los que las oyen se les llama adivinos. Así es como, al calor de unas ramas de chaparro en la lumbre, escuché el oráculo de un adivino zahorí:

Era una carrasca solitaria, singular y bella. Como el desagüe de un mar de cebada o como el eje sobre que se levantaba la tienda del cielo, todos los que pasaban cerca, se sentían irremediablemente atraídos hacia ella.

Un día, temprano, pasó un niño camino de la escuela. Se acercó a la encina. Le dio cinco vueltas corriendo. Se meó en su tronco. Le tiró una piedra, cayeron bellotas y se las comió.

A media mañana, se acercaron dos jóvenes. El chico grabó sus nombres con la punta de una navaja en el tronco de la encina. La chica grabó un beso en los labios de él.

Más tarde, se paró un leñador, que admiró la robustez y belleza de la encina. Pensó en cuanto tardaría su brazo en talar aquel árbol. Mas era el mediodía, hacía calor y siguió adelante.

Por la tarde, en el camino se detuvo un comerciante. Consideró cuanta madera podría hacer de la encina solitaria y calculó su beneficio, pero desechó la idea, pues era más rentable talar un bosque.

Caía la noche. Un anciano se sentó bajo la encina. Muy cansado, la vida se le escapaba. Agradecía a la encina todos los servicios prestados: las bellotas, el beso, la belleza, los proyectos. Y así fue como un día de la encina fueron 80 años de aquel hombre que desapareció bajo sus raíces.

José María Arcas Valero

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